Asamblea de Dios Autónoma de Santiago

Una determinación de vida

Por Leonardo Melo
Presbítero del Templo Central y presbítero responsable de la congregación de José María Caro

"Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse". Daniel 1:8.

Este versículo nos muestra la primera gran prueba, o tentación, que tuvo que enfrentar Daniel y sus tres amigos en el cautiverio. Ésta, sin lugar a dudas, fue la más relevante de todas las que vendrían, ya que si vencían podrían triunfar en las siguientes. Por el contrario, si eran derrotados en esta primera tentación, de seguro no se habrían registrado las siguientes experiencias de vida que tanta inspiración han causado en los siglos posteriores.

Me atrevería a decir que el plan de Dios para su pueblo en cautiverio no hubiese sido del todo alentador al observar que los instrumentos escogidos por Él "no dieron el ancho".

El versículo 8 del capítulo 1 señala que "Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la comida del rey…". Este "proponerse" no significó un acto improvisado o de buena intención, sino que consideró una decisión propia premeditada, voluntaria y decidida a ser fiel a Dios en medio de toda adversidad. Las amenazas externas no influyeron en la decisión que él ya había tomado. Las circunstancias desfavorables que Daniel y sus amigos vivieron no hicieron que éstos dudaran de sus próximas acciones.

El hecho que intentaran cambiar sus identidades con nombres babilónicos no influyó en lo más mínimo sobre lo que ya habían decidido en sus corazones: ser fieles al Señor, a pesar de toda circunstancia.

La victoria en esta primera tentación permitió no solo el respaldo de Dios en lo que vino, sino que arraigó en ellos un sentido de lealtad a toda prueba a Dios mismo, manifestando a un punto extremo que si en la prueba posterior Dios no les libraba, ellos de igual forma no renunciarían a lo que ya habían propuesto en su corazón. Estaban dispuestos a morir antes que fallar a Dios.

Hoy, en una generación históricamente muy distinta en varios aspectos, puedo apreciar que faltan hombres y mujeres que tengan la determinación de no fallar al Señor y estar dispuestos a morir si fuese necesario.

Observo que sin existir una presión tan fuerte como la que vivió Daniel y sus amigos, la generación actual sucumbe fácilmente a lo que la sociedad le impone, al punto de no solo abandonar la fe, sino que a deshonrar los compromisos que algún día hicieron de "todo corazón".

¿Qué falló?, es mi pregunta recurrente. ¿Faltó un pastoreo más personal?, ¿faltó el ejercicio de un don específico?, ¿vale la pena cuestionar la eventual acción de terceros en decisiones tan personales? Mucho me temo que no. La decisión de ser fiel a Dios, a pesar de toda circunstancia, no debe centrarse en la bonanza que tiene cada vida en particular, sino en reconocer, como primera cosa, quién es Dios, luego, qué quiere de mí, y si estoy dispuesto a pagar un precio por seguirle. ¿No fue esa la enseñanza de nuestro Señor?

¡Este breve pasaje tiene tanta relevancia hoy en día!

¿Existirán aquellos que sabiendo que no pertenecen a este mundo, que son solo peregrinos, quieran vivir una verdadera prueba de fe al vencer cada tentación, incluso si ello significa perder sus propias vidas?

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